5 de agosto de 2026

LA madre que le pidió un favor a Jesús — y por qué él no le contestó a ella

Hay una escena en el evangelio de Mateo que casi siempre se predica por el lado equivocado.

 

La usamos para hablar de ambición. De los discípulos que querían los mejores puestos. Del liderazgo de servicio. Y todo eso está ahí, es verdad, y vale la pena predicarlo.

 

Pero hay un detalle en el primer versículo que casi nunca se toca, y ese detalle es el que a mí me persigue desde hace años.

 

La petición no la hicieron ellos.

 

 

LO QUE DICE LA ESCRITURA

 

«Entonces la madre de Jacobo y de Juan, junto con ellos, se acercó a Jesús y, arrodillándose, le pidió un favor.

—¿Qué quieres? —le preguntó Jesús.

—Ordena que en tu reino uno de estos dos hijos míos se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

— Mateo 20:20-21 NVI

 

Léelo despacio y cuenta a las personas que hay en la escena.

 

Está Jesús. Está la madre, arrodillada. Y están Jacobo y Juan — de pie, adultos, con nombre propio, discípulos con tres años de camino encima. Hombres que habían dejado un negocio de pesca para seguirlo. Hombres que ya habían visto milagros, tormentas calmadas, muertos levantados.

 

Y ahí están, callados, mientras su mamá pide por ellos.

 

El texto no dice que la mandaron. Tampoco dice que la detuvieron.

 

 

LA RESPUESTA QUE NADIE ESPERABA

 

Y ahora fíjate en lo que hace Jesús, porque es una de las cosas más finas de todo el evangelio.

 

«No saben lo que están pidiendo —les replicó Jesús—. ¿Pueden acaso beber el trago amargo de la copa que yo voy a beber?»

— Mateo 20:22 NVI

 

«Les replicó.» Plural. Masculino.

 

La madre habló. Jesús le contestó a ellos.

 

No la humilló. No la regañó. No le dijo «señora, esto no es asunto suyo». Simplemente movió la conversación al lugar donde tenía que estar: entre Él y los dos hombres que tenía enfrente.

 

Y ellos contestaron. Dijeron «sí podemos» — con una seguridad que ninguno de los dos tenía. Pero contestaron. Por fin hablaron ellos.

 

Jesús no le quitó a esa mujer su lugar de madre. Le devolvió a esos hombres su lugar de hombres.

 

 

LO QUE ESTO NO SIGNIFICA

 

Antes de aplicar nada, hay que cerrar una puerta — porque este texto se puede usar mal con mucha facilidad.

 

Esto no es un texto contra las madres que interceden por sus hijos. Al contrario. La Biblia guarda con enorme cariño el recuerdo de madres que pelearon por sus hijos delante de Dios. Ana oró por Samuel hasta que Elí pensó que estaba borracha. Y Pablo, escribiéndole a Timoteo, le dice esto:

 

«Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó primero a tu abuela Loida y a tu madre Eunice, y estoy convencido de que también te anima a ti.»

— 2 Timoteo 1:5 NVI

 

La fe de uno de los pastores más importantes del primer siglo llegó por vía materna. Dos generaciones de mujeres construyeron a ese hombre.

 

Así que no: la Escritura no tiene ningún problema con una madre que ora, que empuja, que cree por su hijo antes de que el hijo crea por sí mismo.

 

El asunto de Mateo 20 no es que la madre habló.

 

Es que los hijos no.

 

 

LA PREGUNTA INCÓMODA

 

Y aquí es donde este texto deja de ser historia antigua.

 

¿Cuántas conversaciones de tu vida de adulto sigue teniendo alguien más por ti?

 

No hablo de que tu mamá llame a tu jefe. Eso casi nunca pasa. Hablo de algo más silencioso y mucho más común:

 

— La decisión que tomaste y que anunciaste sólo cuando ya no se podía discutir.

— La conversación con tu esposa que aplazaste porque «primero tenía que ver cómo lo iba a tomar mi mamá».

— La opinión que diste en la mesa familiar, que en realidad no era tuya, sino la que sabías que no iba a causar problema.

— La cosa que tu mamá sabe de tu matrimonio y que tu esposa no sabe que ella sabe.

 

Cada una de esas es una conversación que tú no estás teniendo.

 

Y aquí está la parte que duele: en la mayoría de los casos, nadie te quitó el lugar. Tú lo cediste. Porque ceder es más barato que sostener una conversación difícil, y porque a ceder le pusimos un nombre bonito.

 

Le pusimos «respeto».

 

 

HONRAR NO ES CALLARSE

 

Hay una confusión que arruina generaciones enteras de hombres, y es ésta: creemos que honrar a nuestros padres significa no tener voz propia delante de ellos.

 

La palabra que el Antiguo Testamento usa para «honrar» tiene que ver con peso. Honrar es darle peso a alguien: que esa persona pese en tu vida, que su opinión importe, que su historia cuente.

 

Pero darle peso a alguien no es lo mismo que darle el volante.

 

Un hombre puede honrar profundamente a su madre y aun así decirle, con calma y sin drama: «mamá, esta decisión la tomamos mi esposa y yo». Eso no es faltarle el respeto. Eso es exactamente lo que Jesús hizo en Mateo 20, sólo que en versión doméstica: mover la conversación al lugar donde tiene que estar.

 

Y fíjate que Jesús pudo hacer eso sin dejar de amarla. Poco después, colgado de una cruz, ese mismo hombre miró hacia abajo, vio a su madre, y se aseguró de que tuviera casa y quién respondiera por ella.

 

Honor y límite. En la misma vida. En el mismo hombre.

 

 

APLICACIÓN PASTORAL

 

Si algo de esto te movió, no corras a arreglarlo. La reacción rápida es casi siempre la equivocada, y una conversación tenida en caliente con tu madre puede costar quince años.

 

Haz esto, en este orden:

 

Primero, nómbralo. Una sola cosa, escrita en papel. Una conversación de tu vida de adulto que alguien más sigue teniendo por ti. Escríbela y déjala ahí unos días. No la resuelvas.

 

Segundo, dilo delante de Dios. Las dos cosas juntas: lo que agradeces y lo que dolió. No tienes que escoger una. David dijo las dos en el mismo salmo cientos de veces y nunca le pasó nada.

 

Tercero, cuéntaselo a un hombre de confianza. No a tu esposa como queja — eso la convierte en rival de tu madre, y no lo es. A un hombre. Uno.

 

Y cuarto, el que no está en esta lista: hablar con tu madre. Ése no es paso de esta semana. Ni de este mes. Cuando llegue el momento, vas a llegar distinto — y ella va a escuchar a un hijo, no a un acusador.

 

 

LO ÚLTIMO — Y ES LO QUE CAMBIA TODA LA ESCENA

 

Jacobo y Juan pidieron el asiento de la derecha y el de la izquierda.

 

Y fíjate qué les contestó Jesús cuando se lo pidieron: que esos lugares no eran suyos para repartir — «eso ya lo ha decidido mi Padre». El texto da su propia respuesta.

 

¿Sabes quiénes terminaron a la derecha y a la izquierda de Jesús?

 

Dos ladrones. En dos cruces.

 

Y hay una imagen ahí que a mí no se me quita. No te digo que sea el sentido del texto — el texto ya contestó. Te digo que el lugar que ellos querían estaba al lado de un hombre que había tomado el de abajo. Por eso el pasaje no termina en un regaño sobre la ambición. Termina así:

 

«El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.»

— Mateo 20:28 NVI

 

Ellos querían el lugar de arriba. Él tomó el de abajo — y por eso ellos tienen uno.

 

Y eso es también lo que hace posible todo lo demás. Un hombre puede dejar de pedir permiso para existir porque ya hay Alguien que pagó su lugar. No tienes que ganarte una silla en ninguna mesa. Ya te sentaron.

 

Años después, Jacobo fue el primero de los doce en morir por su fe. Juan fue el último en morir, después de haber cuidado — según la tradición de la iglesia — de la madre de Jesús, aquella que le fue encomendada desde la cruz.

 

Ninguno de los dos consiguió el asiento que su mamá pidió.

 

Los dos consiguieron algo que no sabían pedir.

 

 

TRES PREGUNTAS PARA TU DIARIO

 

1. ¿Qué conversación de tu vida de adulto sigue teniendo alguien más por ti?

2. ¿A qué le has llamado «respeto» cuando en realidad era evitar una conversación difícil?

3. Si Jesús te devolviera hoy una conversación — como se la devolvió a Jacobo y a Juan — ¿cuál sería?

 

«Su corazón estará firme, confiado en el Señor.» — Salmo 112:7 NVI

 

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