El sacerdote que formó al profeta y perdió a sus hijos
Hay un hombre en la Biblia que hizo bien el trabajo espiritual de todo un país y no lo hizo en su propia casa. Y lo más incómodo de su historia no es que fuera negligente. Es que era bueno.
Se llamaba Elí. Era el sacerdote de Silo, donde estaba el arca. Durante décadas fue el hombre al que Israel entero le llevaba sus ofrendas y sus preguntas. Y en su templo creció un niño que no era suyo —Samuel, el hijo que una mujer llamada Ana le había pedido a Dios y le había entregado a Él— y ese niño se convirtió en el profeta más grande que Israel tuvo antes de los reyes.
Elí lo formó. Le enseñó a servir. Y cuando Dios le habló a Samuel por primera vez y el niño no entendió qué estaba pasando, fue Elí el que se dio cuenta y le dijo cómo contestar.
Elí sabía. Ese no era el problema.
El problema fue que a la misma hora en que Elí estaba formando al profeta, sus dos hijos estaban usando el sacerdocio para robar y para abusar, y su padre lo sabía.
LO QUE EL TEXTO DICE, Y LO QUE NO
El capítulo dos de 1 Samuel es duro de leer. Los hijos de Elí, Ofni y Finees, tomaban por la fuerza lo mejor de las ofrendas antes de que se le presentaran a Dios, y trataban con desprecio a la gente que iba a adorar. El texto los llama, sin suavizarlo, «hombres impíos» que «no tenían conocimiento de Jehová» (1 Samuel 2:12, RVR1960).
Y hay una línea que lo dice todo. Elí sí les habló. En el capítulo dos les hace un reclamo: por qué hacen esto, la gente me lo está contando. Les habló.
Pero cuando Dios le da su mensaje a Samuel, el diagnóstico que le da es este:
«Ya le dije que por la maldad de sus hijos he condenado a su familia para siempre; él sabía que estaban blasfemando contra Dios y, sin embargo, no los refrenó.» (1 Samuel 3:13, NVI)
Si la tienes en Reina-Valera, ahí dice «y él no los ha estorbado». Te leo la NVI porque «refrenar» es lo que el hebreo hace: no es que Elí no supiera, y no es que no dijera nada. Es que lo que dijo no detuvo nada.
Ahora, algo que hay que decir con precisión, porque este texto se usa mal con frecuencia. Dios no acusa a Elí simplemente de estar ausente. En el capítulo dos le hace un cargo más específico y más feo: «has honrado a tus hijos más que a mí» (1 Samuel 2:29, RVR1960). Elí no solo dejó de intervenir. Se benefició. La casa entera vivía de lo que sus hijos estaban tomando.
Eso no es la historia de la mayoría de nosotros, y sería deshonesto decir que sí. La mayoría no está encubriendo nada.
Pero hay una parte de Elí que sí es nuestra, y es esta: un hombre puede ser el responsable espiritual de todo el mundo menos de los suyos. Puede formar a otros. Puede saber. Puede incluso hablar del tema. Y su propia mesa puede pasar veinte años sin oírlo.
LA PREGUNTA QUE PABLO HACE MIL AÑOS DESPUÉS
Cuando Pablo le escribe a Timoteo la lista de lo que se le pide a un hombre que va a dirigir en la iglesia, mete una frase entre paréntesis que suena a que se le salió:
«(pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)» (1 Timoteo 3:5, RVR1960)
Es una pregunta retórica, y la respuesta que Pablo espera es evidente. Pero fíjate en lo que está asumiendo sin discutirlo: que la casa es el lugar donde esto se aprende primero, no el lugar donde sobra el tiempo que quedó.
Nosotros lo tenemos exactamente al revés. La casa es donde llegamos vacíos, con la energía ya gastada, a que alguien más se haga cargo de lo de adentro.
Y aquí es donde quiero ser claro con algo, porque este artículo se puede leer mal.
Nada de esto dice que tu esposa hizo algo indebido. Si en tu casa ella es la que ora, la que lleva a los niños, la que pregunta cómo va cada quien por dentro, ella no invadió nada. Tapó un hueco que estaba abierto, y lo tapó por años, y casi siempre sin que nadie se lo agradeciera. Lo que la fe de una mujer siembra en una casa es real: Pablo se lo dice a Timoteo con nombre y apellido, recordándole la fe que vivió primero en su abuela Loida y en su madre Eunice.
Eso no está en discusión y no se va a poner en discusión aquí.
Lo que falta en tu casa no es que alguien enseñe. Lo que falta es que tú vayas primero.
DIRIGIR NO ES ENSEÑAR
Esta es, creo, la confusión que nos tiene trabados a una generación entera de hombres.
Oímos «dirige espiritualmente tu casa» y automáticamente lo traducimos como «enséñale la Biblia a tu familia». Y como no sabemos hacer eso —porque nadie nos enseñó, porque no tenemos el vocabulario, porque en la casa donde crecimos tampoco pasaba— concluimos que no calificamos, y no hacemos nada.
Pero enseñar y dirigir no son lo mismo.
Enseñar es transferir lo que uno sabe. Requiere saber.
Dirigir es ir primero. Requiere moverse.
Un hombre que no puede explicar un solo versículo puede dirigir su casa esta semana. Y un hombre que se sabe los sesenta y seis libros puede llevar quince años sin dirigir nada, porque nunca ha ido primero en nada delante de los suyos.
Deuteronomio 6, que es el texto clásico sobre esto, no le pide al padre que sepa. Le pide que hable «cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes». Eso no describe una clase. Describe un día normal.
ANTES DE PEDIRTE NADA
Y ahora lo único que sostiene todo lo demás, porque si el artículo se queda en Elí y en la exhortación, lo único que hice fue ponerte un peso encima.
Elí no es el modelo negativo de una lista de consejos. Elí es la razón por la que hacía falta otro sacerdote.
El Nuevo Testamento lo dice de una manera que a mí me tomó años entender. En Hebreos 2, hablando de por qué el Hijo de Dios se hizo hombre, el autor le pone en la boca a Jesús una frase del profeta Isaías:
«He aquí, yo y los hijos que Dios me dio.» (Hebreos 2:13, RVR1960)
Cristo dice de nosotros lo que Josué dijo de su familia: yo y los míos. Y lo dice de una casa que no estaba en orden, con gente que no iba primero en nada, que se escondía, que dejaba que otro se hiciera cargo.
Él fue primero. No esperó a que tu casa estuviera lista. No esperó a que tú supieras. Dos versículos antes, el mismo pasaje dice que no se avergüenza de llamarnos hermanos.
Por eso el orden importa, y es el orden entero del evangelio: tú no diriges tu casa para que Dios te reciba. Ya te recibió, y lo hizo por medio de uno que fue primero cuando tú no podías. Lo que hagas esta semana no compra nada. Es lo que se ve en un hombre que ya está adentro.
Y por eso también, si esta semana lo intentas y te sale mal, no perdiste nada delante de Él. Tu lugar en esa casa nunca dependió de que te saliera bien.
LO QUE SÍ PUEDES HACER ESTA SEMANA
Una sola cosa, y es pequeña a propósito.
Escoge un día de esta semana. En la mesa, antes de que se levanten, di doce palabras en voz alta: «Gracias, Señor, por esta comida, por esta casa y por esta familia.»
No lo anuncies antes. No lo expliques después. Y si te da pena, hazlo con pena; la primera vez se siente raro para todos.
Si tu casa hoy no es una mesa con hijos —si eres divorciado y tus hijos están en otra casa, si eres viudo, si vives solo, si tu esposa no cree— la tarea es la misma y el lugar es otro. Una llamada del domingo y una frase antes de colgar. O tú solo, en tu cuarto, en voz alta. Una casa es donde tú tienes voz y alguien te oye, aunque el que te oiga sea Dios.
Y una cosa que no te voy a prometer, porque el texto no la promete: tu casa no va a cambiar porque tú ores una vez. Puede que nadie diga nada. Puede que un hijo se ría.
No estás comprando un resultado. Estás ocupando un puesto que llevaba vacío mucho tiempo. Y esas dos cosas no se parecen en nada.
TRES PREGUNTAS PARA EL DIARIO
1. Si mañana alguien me preguntara cómo está mi hijo por dentro —no en la escuela, por dentro— ¿tendría que preguntárselo a alguien más antes de contestar?
2. ¿Qué me he estado diciendo para no empezar? Escríbelo con mis palabras exactas, no con las del artículo.
3. Si mi casa siguiera exactamente igual dentro de cinco años, ¿qué habría aprendido mi hijo sobre quién se encarga de Dios en esta familia?
«…su corazón estará firme, confiado en el SEÑOR.» — Salmo 112:7 NVI
Caminemos juntos y sigamos construyendo paso a paso lo que significa ser Hombres Firmes en Dios.
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